El deseo de libertad procede de la experiencia de la opresión, es decir, de la constatación de que uno no puede evitar hacer algo que no quiere, o no puede hacer lo que quiere.

En menor medida, también procede a veces de la experiencia de la manipulación, es decir, de la constatación de que alguien esta influyendo en nuestra voluntad en su beneficio. Esta segunda experiencia resulta comparativamente mucho más rara; es una experiencia común a mucha gente no tener libertad de acción; como por ejemplo le pasa al preso, al esclavo o al adolescente que no puede llegar a ciertas horas a su casa, pero darse cuenta de que la propia voluntad está tomada (como sucede por ejemplo con los miembros de una secta) es mucho mas difícil.

En cualquier  caso las experiencias de opresión y manipulación son comunes. A veces las fuentes de opresión y manipulación están en agentes políticos y económicos lejanos e identificables, pero otras veces la gente que nos manipula y oprime son personas cercanas a nosotros, grupos  de gente con los que decidimos estar (familia, pareja, amigos…).  Las relaciones personales pueden significar renunciar en buena medida a nuestra libertad y tener que llegar a toda suerte de compromisos con los demás. Una libertad completa solo puede imaginarse como soledad completa, lo que desde luego resulta indeseable, porque necesitamos a los demás por razones tanto materiales como emocionales.

La necesidad de libertad y la necesidad de relaciones con los demás son constantes en la condición humana, y son opuestas. A veces podemos necesitar más de una, otras de la otra, y nuestro deseo va oscilando como un péndulo, de modo que nunca estamos satisfechos.  Esto es aplicable a los individuos tanto como a los grupos. La gente puede preferir  vivir en una comunidad cerrada, como un pequeño pueblo, donde el afecto y la atención de los demás es mayor, a pesar de que esta vida comunitaria pueda ser en ocasiones opresiva cuando todo el mundo está pendiente de uno.

Otras veces podemos anhelar vivir en una gran ciudad, donde la vida de cada cual es más independiente, a pesar de que en las ciudades uno apenas sabe nada de su vecino. La dialéctica entre el deseo de independencia y la necesidad de unión comunitaria es eterna, y tiene difícil solución.

Hace algunos años Erich Fromm escribió un libro titulado El Miedo a la Libertad. En él interpretaba el auge del nazismo en Alemania como resultado de la necesidad de los alemanes de formar parte de una comunidad fuerte. Pero el libro no solo habla sobre la Alemania nazi. Plantea algo muy humano, como es la renuncia de la gente a tomar sus propio camino y hacerse cargo de ello.

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Esta es la intrigante portada del libro, en la edición de hace algunos años. ¿Por qué un pájaro no saldría de una jaula? Se puede ensayar algunas respuestas: comodidad, miedo a algún gato, condicionamiento… Puede que nunca haya aprendido a volar. Puede que esté triste… Todas estas respuestas son aplicables a los seres humanos. Lo que Fromm constató es que en muchas ocasiones los hombres prefieren renunciar a la libertad: prefieren llevar una despreocupada vida de esclavos. Y esto es así porque la libertad tiene costes.

Para Fromm la sociedad moderna presenta de modo descarnado las desventajas de la libertad. En ella los hombres pueden ser libres, pero solo al precio de estar aislados. La libertad es básicamente soledad, y los individuos se sienten en ella  abandonados a sí mismos. En este mundo de hoy uno puede hacer y decir lo que le da la gana, es verdad…  pero solo al precio de que a nadie le importe. Esto es algo que se puede ver ahora mismo en internet, donde la libertad de los individuos es muchas veces pareja a su insignificancia. Para ser verdaderamente libre no basta que te den la posibilidad de optar, pues como ya dijimos, hacen falta recursos que hagan nuestra acción eficiente.

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Según observaba Fromm, en las sociedades modernas los individuos se sienten solos y aislados, y pueden tener la tentación de  conceder una fuerte restricción a su libertad si la alternativa es una soledad pavorosa.  Esta es la clave para comprender a los gobiernos totalitarios. “No vayas por ahí solo; forma parte de algo”.  Formar parte de algo es, ciertamente, importante para la gente en la medida en que se sientan poca cosa, y eso en las sociedades modernas es algo generalizado.

Que la interacción social conlleva un inevitable grado de opresión significa que allí donde hay seres humanos acaba por imponerse una situación en la que unos hacen las normas y los demás obedecen. Importa poco que las normas sean o no correctas. Lo que importa es que son normas impuestas. De esta manera solo unos cuantos miembros de la sociedad, los que mandan, pueden considerarse libres, porque solo ellos pueden hacer un proyecto personal e imponerlo a los demás.

Pero continúa, como una aspiración generalizada, la idea de que todo el mundo quiere ser libre, lo que significa que todo el mundo quiere ser él mismo.  Pero solo una élite pueden hacer esto, pueden tener proyectos propios y ser ellos mismos. Los demás, la mayoría, componen el rebaño.

Pero entonces, ¿hay alguna posibilidad de que todo el mundo pueda ser libre, de que la gente pueda hacer un proyecto propio sin que por ello se imponga a los demás? ¿Hay algún campo donde la gente pueda ejercer el derecho a ser uno mismo sin que por ello se imponga a los demás? ¿Hay, en definitiva, alguna libertad que sea generalizable? La respuesta, en nuestra sociedad capitalista actual, es que si: es la libertad de consumo. De una forma que deja perplejo, la sociedad de consumo ha logrado la cuadratura del círculo y ha aunado la libertad con la popularidad. Ser libre ahora significa “puede usted elegir la pauta de consumo que quiera, construyendo su identidad al modo que le plazca, sin tener que imponerse a los demás”.

La libertad, hoy, significa fundamentalmente: “puede usted comprar lo que quiera”. Y puede comprar una identidad comprando lo que quiera. Y en verdad esto es así. Si la libertad de una sociedad se mide por las decisiones que al cabo del día toman los individuos, nunca ha habido una sociedad tan libre como la nuestra.

En el mundo moderno los individuos están abandonados a toda suerte de decisiones desde que se levantan hasta que se acuestan, decisiones de las que son responsables. Esto nos puede parecer normal, pero lo cierto es que no siempre ha sido así. Hace un par de siglos la vida de la gente estaba bastante decidida socialmente. Las decisiones acerca de cuando casarse, tener hijos o no, donde vivir o en que trabajar, que ahora agobian a todo el mundo, sencillamente estaban tomadas de antemano.  La idea del ser humano como un individuo que va decidiendo su propia biografía no era un ideal generalizado, sino la excepción heroica. Ahora de los individuos se espera que tomen todas estas decisiones y se hagan cargo de ellas… Y es una carga que no todo el mundo está dispuesto a soportar.

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